# La cuerda en la muñeca

Yolanda Reyes llevaba trece años al frente de la cafetería en la esquina de la Calle Ocho y la 17, en la Pequeña Habana de Miami — la misma donde los sábados se juntaban los de siempre a jugar dominó y tomar café cubano con una guayaba de acompañamiento. Su propia cafetería nunca la abrió. Aunque el dinero estaba ahí, o mejor dicho, habría estado si ella se hubiera decidido. Lo de la sociedad se mencionó por primera vez en 2014, cuando el dueño del local, don Ernesto Padrón, un cubano ya mayor, le propuso comprar una parte del negocio.

Ella dijo que no. Y no fue por el dinero.

Cuatro años antes, Yolanda ya lo había intentado. Sacó un préstamo en un banco de la Flagler, alquiló un local cerca del Mercado de Redland, contrató a un barista. Aguantó ocho meses. El proveedor de café le falló, el dueño del local le subió la renta al doble, y ella —entonces con veintiséis años, sin experiencia en contabilidad— se hizo tal lío con los impuestos que el IRS le cayó con una multa de doce mil dólares. Cerró el negocio. Pasó tres años pagando esa deuda, trabajando para otros.

Así que cuando don Ernesto le puso delante la carpeta con el contrato de sociedad, ella solo movió la cabeza y dijo: "Ya lo intenté una vez. No es lo mío."

***

Su sobrina, Camila, había llegado de Hialeah para pasar el verano, y se puso a trabajar de mesera en esa misma cafetería mientras se preparaba para entrar a estudiar contabilidad. La muchacha tenía diecinueve años y hacía demasiadas preguntas.

—Tía Yolanda, ¿por qué usted todavía no es dueña de esto? Si prácticamente lo maneja todo: las compras, los horarios, hasta el menú lo escribió usted.

—Porque ya lo intenté una vez. No funcionó.

—¿Cuándo?

—Hace muchísimo tiempo. Tú todavía andabas en el preescolar.

Camila se quedó callada un rato, limpiando el mostrador. Luego dijo algo que se quedó grabado:

—¿Y no ha pensado que en aquel momento no tenía plata para pagar un contador? Ahora sí la tiene. Y el proveedor es el mismo con el que lleva diez años trabajando sin un solo problema. Todo lo demás cambió. Solo usted sigue aferrada a esa historia como si hubiera pasado ayer.

Yolanda no contestó. Fue a revisar unos pedidos en la terraza, donde un señor les daba migajas de pastelito a las palomas y, atado a un poste de la baranda, dormitaba el perro del vecino: un labrador viejo sujeto con una cuerda que ni siquiera intentaba romper, aunque le habría bastado un solo tirón.

***

Esa misma tarde, después de cerrar la caja, don Ernesto se sentó con ella con dos tazas de té de manzanilla en vez de café —decía que el corazón ya no le aguantaba la cafeína.

—Yolanda, yo ya no estoy para muchos trotes. En octubre cumplo setenta y uno. Quiero dejarle el negocio a alguien que lo quiera de verdad, mientras todavía pueda explicarle cómo funciona todo esto. No a un banco, no a un inversionista de Nueva York. A ti.

—Don Ernesto, yo ya perdí todo una vez.

—Tú perdiste lo que construiste a los veintiséis años, sola, sin experiencia, con un mal dueño de local y sin nadie que te apoyara. Ahora tienes cuarenta. Llevas trece años en este negocio. Conoces a cada proveedor por su nombre. La pregunta no es si eres capaz. La pregunta es si todavía crees que lo eres.

Ella se quedó callada largo rato. Afuera, el hombre de la limpieza barría las hojas de los framboyanes cerca del parque Máximo Gómez —apenas empezaba septiembre, pero ya se veían los primeros charcos de hojas amarillas bajo los árboles.

***

Esa noche sacó la vieja carpeta con aquel mismo contrato de sociedad —don Ernesto nunca se la había pedido de vuelta en esos tres años, aunque ella se había negado entonces. En la última página, una cifra: cuarenta mil dólares, una parte del negocio, a pagar en cinco años.

A la mañana siguiente llamó a su abogado, Rafael Montero, con quien años atrás había lidiado con aquella multa del IRS.

—Rafael, necesito un contrato de compra de sociedad. Y revísame otra vez todos los papeles del proveedor —esta vez sin errores.

—Yolanda, ¿estás segura? Me acuerdo bien de lo que te costó aquello.

—Por eso lo reviso todo dos veces. Pero ya no soy la misma de antes.

Tres semanas después firmó el contrato en una notaría de la Calle Ocho. Don Ernesto le estrechó la mano y le entregó las llaves del almacén —viejas, pesadas, en un llavero de madera con forma de aceituna.

Ese día Camila justamente estaba abriendo la cafetería. Cuando vio a su tía con el letrero nuevo de "Socia" en la puerta de la trastienda, solo dijo:

—Ya era hora.

Yolanda colgó el viejo recibo de la multa de doce mil dólares, enmarcado, junto a la caja registradora —no como trofeo, sino como recordatorio de que la cuerda llevaba tiempo gastada, solo que ella no lo sabía.

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