# La nueva canasta

Me llamo Bárbara Reyes y llevo veintiún años atendiendo una tintorería de barrio en Doral, en la esquina de la NW 87th Avenue con la 25th Street. Aquí lo he visto todo: quién se divorcia de quién, quién quebró, quién regresa después de años con una bolsa de disculpas en vez de un regalo. Esta historia no la vi de principio a fin, pero estuve presente en su parte más importante, porque doña Renata me traía los manteles de su restaurante dos veces al mes, puntual como reloj, y en una de esas visitas resultó que su exesposo estaba sentado en mi sala de espera.

Renata Solís tiene hoy cuarenta y tres años y maneja tres negocios de comida: dos cafés de desayuno en Coral Gables y uno en Hialeah, en una antigua bodega remodelada sobre la Palm Avenue. La conozco desde que me traía sus primeros delantales para blanquear, incluso antes de abrir su primer local. En esos tiempos todavía era esposa de Tomás Solís y trabajaba de cajera en un Publix de la Calle Ocho por catorce dólares la hora.

Ese día llovía como si el cielo se hubiera abierto, y yo ya iba a cerrar porque eran las cinco y cuarenta, y en mi negocio se cierra a las seis. Renata entró con un bulto de manteles bajo el brazo, empapada, en chanclas a pesar de que ya casi era noviembre, porque como ella decía, "en la cocina los zapatos se mojan de todos modos, para qué arruinarlos en el camino". Detrás de ella, apenas tres minutos después, la campanita sobre la puerta sonó por segunda vez y entró un hombre con la chaqueta chorreando agua, con esa cara que tienen los que llevan mucho tiempo ensayando un discurso en la cabeza.

—Renia —dijo bajito—. ¿Podrías… me das cinco minutos?

Ella lo reconoció al instante, aunque no le cambió la expresión ni un poquito. Puso el bulto sobre el mostrador, junto a mi caja registradora, donde suelo dejar los recibos, y me dijo con un tono completamente parejo:

—Doña Bárbara, por favor cuente los manteles, voy a hablar un momento con este señor.

Se sentaron en las dos sillas plásticas que tengo bajo la ventana para los clientes que esperan el servicio exprés. Yo fingía contar la ropa de cama, porque en realidad no tenía escapatoria: en un local tan pequeño es imposible no escuchar.

Tomás empezó diciendo que se veía que le estaba yendo bien. Que el local de Hialeah ahora era un lugar de moda, según un compañero de trabajo que había ido allí al cumpleaños de su hija. Renata no dijo nada, solo entrelazó las manos sobre las rodillas y esperó. Él se movía inquieto en la silla, como si la chaqueta le quedara demasiado apretada.

—Cometí un error —dijo por fin—. Hace cinco años. Fui un tonto. He pensado en ti todo este tiempo, Renia. Quiero volver. Empezar de nuevo. Soy otro.

Se hizo una pausa en la que solo se oía el ronroneo de mi vieja máquina de lavado en el fondo. Renata lo miró un instante y luego dijo algo que yo, con veintiún años en este negocio y cientos de escenas parecidas presenciadas, no voy a olvidar:

—¿Otro? ¿Y hace cinco años, cuando pedí un préstamo con la casa de mi mamá como garantía para abrir el primer local, qué eras tú?

Y fue ahí cuando entendí que ese no era un encuentro casual, que ella sabía que él podía aparecer algún día y tenía todo eso ensayado en la cabeza cientos de veces, igual que yo tengo ensayado lo que le digo al cliente que trae un saco quemado por la plancha.

Empezó a hablar, y yo, sin querer escuchar de verdad, oí toda la historia, porque en un local pequeño la voz viaja entre los ganchos de ropa como en una iglesia. Contó que cuando decidió abrir su primer café en Bird Road, él dio un portazo en el apartamento que alquilaban en Sweetwater y le dijo que no iba a vivir con "una fracasada con delirios de grandeza". Que se llevó sus cosas en dos bolsas de Walmart, porque ni siquiera quiso esperar a conseguir una maleta. Que durante el primer año estuvo sola: cocinaba, limpiaba, hacía las compras donde los mayoristas de Hialeah Gardens a las cinco de la mañana porque ahí salía más barato, y dormía cuatro horas en un sofá viejo del cuarto de atrás del local, porque no le alcanzaba ni para el Uber de vuelta a casa.

—Y ahora que tengo tres locales y un BMW estacionado en la puerta, de repente vuelvo a ser tu Renia —dijo, y en ese momento alzó la voz por primera vez, tanto que hasta una clienta que recogía una chaqueta cerca de la puerta se volteó a mirar.

Tomás empezó a explicar que en aquel momento tenía miedo, que no tenía experiencia, que su papá también había perdido un negocio por las deudas y a él le entró terror de repetir lo mismo. Que ahora trabajaba en logística, en una bodega cerca de Doral, que rentaba un cuarto con un amigo porque el apartamento que tenían juntos lo había vendido para pagar deudas después de una mala inversión en criptomonedas en la que había entrado hacía tres años con un compañero del trabajo.

Renata escuchaba todo esto sin interrumpir, con una expresión que me recordaba la de las clientas que vienen a recoger un vestido de novia para limpiarlo después de un divorcio: ni lágrimas ni sonrisa, solo esa calma que se parece más al cansancio que al perdón.

En eso sonó su celular. Contestó, dijo "en diez minutos estoy allá, que le den el turno a Marcos en Hialeah", y se guardó el teléfono en el bolsillo del delantal.

—¿Sabes qué es lo más gracioso, Tomás? —dijo, poniéndose de pie—. No estoy enojada contigo. De verdad. Estabas asustado, tu papá quebró, lo entiendo. Pero en cinco años ni una sola vez llamaste a preguntar si logré pagar ese préstamo con la casa de mi mamá de garantía. Apareciste apenas viste el BMW.

Sacó el teléfono otra vez, ahora para mostrarle algo. Abrió la aplicación del banco —lo vi porque estaba sentada de lado al mostrador y la pantalla se reflejaba en el vidrio de mi nevera de refrescos—. Deslizó el dedo hasta la pestaña de préstamos.

—Este es el préstamo que saqué con la casa de mi mamá en Westchester como garantía. Ciento diez mil dólares. Lo terminé de pagar completo el año pasado, yo sola, sin tu ayuda. Mi mamá tiene ahora esa casa limpia, a mi nombre en la escritura como pago de una deuda de gratitud, y esa es la única cosa de la que presumo delante de ti, porque es lo único que importa.

Se paró, tomó su bulto del mostrador, me pagó en efectivo los manteles —recuerdo que no tenía sencillo y me dijo "el cambio se lo dejo para la próxima, doña Bárbara"— y caminó hacia la puerta. Tomás se quedó en la silla, con las manos apoyadas en las rodillas, como esperando a que ella se volteara.

No se volteó. Se detuvo apenas en la puerta, con la mano en la manija, y dijo mirando hacia mi vitrina con el anuncio de lavado de edredones:

—Si quieres desayunar en Coral Gables, estás invitado. Pagas como cualquier cliente, nueve dólares por los huevos revueltos. Pero aquí se acaba la conversación de "empezar de nuevo". Yo ya empecé de nuevo. Sin mí —es decir, sin ti, hace cinco años.

La campanita sonó, la puerta se cerró, y por la vitrina se veía a Renata caminando hacia la parada de guagua en la 87, sin mirar atrás, con un paraguas que ni siquiera abrió, aunque la lluvia seguía cayendo.

Tomás se quedó sentado unos cinco minutos más, hasta que le dije con suavidad que iba a cerrar. Se levantó, me dio las gracias, preguntó si ella venía seguido por aquí. Le dije que sí, con regularidad, que era una mujer decente y buena clienta. No agregué nada más, porque no era asunto mío.

Cerré la puerta con llave, le di vuelta al pestillo y la revisé otra vez, como hago cada noche. Apagué el letrero de neón sobre la entrada —zumbó un segundo y la pantalla del vidrio se puso negra. Recogí del mostrador la huella mojada que había dejado el bulto de Renata y la limpié con un trapo. En la caja quedaron los tres dólares de cambio que no se llevó, junto al recibo número doscientos catorce. Miré una vez más por la vitrina la esquina vacía y mojada de la NW 87 con la 25, donde ya solo quedaba encendida una farola, y solo entonces apagué la luz adentro.

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