Yo estaba en la cocina de la casa de mi madre cuando escuché a Valeria cerrar la maleta en el pasillo. No es que la hubiera visto hacer la maleta. La escuché. El sonido de los cierres, uno y luego el otro, tiene algo definitivo que no se parece a ningún otro ruido. Las ocho y cuarto de la noche y ya estaba todo dicho.
—¿Y ahora quién se queda con mi mamá? —le pregunté desde la puerta de la cocina.
Valeria se giró. Llevaba puesto el abrigo que le regalé hace tres Navidades, cuando todavía pensaba que las cosas entre nosotros tenían arreglo. Sostenía su teléfono con una mano y la extensión de la maleta con la otra.
—Tu hermana —dijo.
—Mi hermana vive en El Paso.
—Pues que se venga.
Así de tranquila. Como si mudarse de Texas a Chicago fuera cuestión de tomar un autobús. Mi madre lleva nueve meses postrada en una cama ortopédica que alquilamos entre todos y que casi nadie ayudó a pagar. Valeria dejó su trabajo de medio tiempo para cuidarla. Eso lo reconozco. Se mudó a la casa de mi madre en La Villita, durmió tres horas diarias, le cambió los pañales, le dio la papilla, la bañó con esponjas tibias, le leyó los mensajes que le mandaban sus comadres de la iglesia. Y yo, mientras tanto, seguí trabajando en el taller de hojalatería en Melrose Park. Según ella, demasiado lejos como para servir de algo.
—Te estoy hablando en serio, Valeria. No te puedes ir así.
—¿Ah, no? —dejó caer la maleta y el golpe resonó en la duela. La casa de mi madre es de esas viejas de La Villita, con el pasillo angosto y los cuartos pegados uno detrás de otro—. Nueve meses, Daniel. Nueve meses sin que aparecieras más que los domingos.
—Vengo todos los domingos.
—Vienes a ver el fútbol. Te sientas en el sillón, le preguntas a tu mamá si comió y te vas antes del medio tiempo.
Eso no era exactamente cierto. A veces me quedaba hasta el segundo tiempo.
—¿Y ahora quién le va a dar sus medicinas mañana en la mañana? —insistí.
Valeria metió la mano al bolsillo del abrigo y sacó un papel doblado en cuatro.
—La trabajadora social.
—¿Qué?
—Pedí una evaluación para cuidado temporal. Vienen mañana a las diez. Les dejé la lista de medicamentos pegada en el refrigerador, junto con el teléfono del doctor y los horarios de la fisioterapia.
Me quedé viendo el papel sin tomarlo. No podía creer que hubiera metido a extraños en esto. Que hubiera hablado de mi madre con una oficina del condado, como si fuéramos una familia que no puede arreglárselas sola.
—¿Tú crees que eso está bien? ¿Que venga una extraña a tocar a mi mamá?
—Mejor una extraña pagada que una nuera regalada.
Valeria nunca hablaba así. La conocí hace once años en una fiesta de quinceañera de una prima suya en Pilsen. Ella era la que servía los platos y no se sentaba. Cuando terminó la fiesta, la vi comiendo arroz con gandules de pie, junto al fregadero. Me gustó por eso: por capaz. Nunca pensé que esa capacidad se me iba a voltear en contra.
—Mi familia te dio un techo —le dije.
—Tu familia me dio una cama junto a la de tu madre. Que no es lo mismo.
En el cuarto de al lado se oyó un quejido. Mi madre se estaba despertando. Valeria y yo nos miramos un segundo, como dos boxeadores que escuchan la campana. Después ella se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero y pasó al cuarto.
—¿Doña Carmen? —la oí decir—. Aquí estoy.
Mi madre tiene la voz ronca por los años de cigarro y por la traqueotomía que le hicieron en enero.
—¿Ya se van? —preguntó.
—No, quédese tranquila. Le voy a cambiar la sábana, que ya tiene dos días.
Me acerqué a la puerta. Mi madre tenía la cabeza vuelta hacia la ventana. Por la cortina de encaje entraba la luz anaranjada del poste de la calle. Había perdido tanto peso que la cara se le veía pequeña, como una nuez vieja.
—Dani —me llamó con esa voz de papel—. Ven.
Me senté en la orilla de la cama. Valeria ya estaba doblando una toalla sobre el respaldo de una silla.
—Dile a tu hermana que no me quiero ir a un asilo —dijo mi madre.
—No es un asilo, doña Carmen —corrigió Valeria, sin voltear—. Es un centro de rehabilitación. Hay enfermeras de noche, lo van a cuidar mejor que yo.
—Tú me cuidas bien.
—No, doña Carmen. Yo ya no puedo.
Y le tembló la voz. Eso fue lo que me quebró. Valeria no llora. Ni siquiera cuando se le murió el papá en Aguascalientes y no pudo viajar al entierro porque no teníamos papeles arreglados. Se pasó todo el día limpiando los vidrios de la casa. Pero ahora le tembló la voz, y mi madre se dio cuenta, porque los viejos se dan cuenta de todo.
—Tráeme el sobre —dijo mi madre de pronto.
—¿Qué sobre?
—El que está en el cajón de abajo del tocador. Debajo de los pañuelos.
Me levanté. Abrí el cajón. Había pañuelos de colores, un rosario de cuentas blancas, una caja de curitas. Y al fondo, envuelto en una bolsa de plástico del supermercado, un sobre amarillo tamaño oficio.
—¿Este?
—Ábrelo.
Valeria se acercó. Me quedé con el sobre en las manos, sin decidirme. Al final lo abrí. Adentro había un estado de cuenta del banco y una copia de una escritura. Le eché un vistazo al número. Mi madre tenía ahorrados cuarenta y siete mil dólares. Cuarenta y siete mil. Mi madre, que regateaba por la fruta en la Michoacana y guardaba los restos de jabón en una bolsita para hacer una barra nueva, tenía cuarenta y siete mil dólares ahorrados. Y según el estado de cuenta, alguien los había estado sacando de a tres mil, de a cinco mil, durante los últimos seis meses.
—¿Quién te ha estado quitando dinero? —pregunté.
Mi madre miró a Valeria.
—Pregúntale a tu mujer.
Se me heló la espalda. Volteé a ver a Valeria. Ella no se movió. Tenía la toalla apretada contra el pecho, como una cosa que no sabía dónde dejar.
—¿Qué es esto? —mi voz salió más alta de lo que quería.
—Tú ya lo sabes —dijo mi madre.
—¡No, no lo sé! ¿Dónde está el dinero?
—En una cuenta en Houston —dijo mi madre—. A nombre de una tal Maribel. La que le habla a tu mujer por teléfono a las once de la noche.
Valeria dejó la toalla sobre la silla. Se alisó la blusa con las dos manos.
—Doña Carmen… —empezó.
—No me digas nada —la cortó mi madre—. Sólo dime por qué.
—¿Por qué qué?
—Por qué te quedaste cuidándome todos estos meses. Si era por lástima, si era por el dinero, dime la verdad.
—Yo no le he robado nada.
—El banco no miente, mija. Cada miércoles, cuando ibas a pagar las medicinas, sacabas dinero de mi cuenta.
Valeria se quedó callada un momento. Yo tampoco hablaba. El ventilador del techo giraba despacio, moviendo la luz y la sombra por la pared.
—¿Usted cree —dijo por fin Valeria— que nueve meses de mi vida valen cuarenta y siete mil dólares?
—No sé. Dime tú.
—Yo no le quité ni un peso. Todo lo que pagué salió de la cuenta porque usted me dio la tarjeta y me dijo: “Ya tú sabes qué comprar”. Y yo anotaba todo en una libreta que está en el cajón de la cocina. Ahí está cada gasto, con el ticket pegado, desde el día que me mudé.
Mi madre cerró los ojos. Por un segundo pensé que se había quedado dormida. Luego, sin abrirlos, dijo:
—Dani… anda a la cocina y trae la libreta.
Fui. La libreta estaba donde ella dijo: una de espiral, con la portada de un santo. La hojeé de camino al cuarto. Había boletos del súper pegados con cinta adhesiva, anotaciones con la letra de Valeria, redonda y pareja: “Lunes: pañales, $42.50. Jueves: consulta con el neumólogo, co-pago $60.00. Sábado: sopa de verduras, $18.75”. Todo. Hasta la propina del que vino a arreglar la rampa de la entrada.
Se la di a mi madre. Ella no la abrió.
—A ver —dijo—. Aquí delante de los dos. Dime en qué gastaste cuarenta y siete mil dólares.
Valeria tomó la libreta y la puso en la cama.
—Hable con el banco —dijo—. Mire las fechas. Yo no fui a sacar dinero cada miércoles. Yo iba a la farmacia, que no tiene sucursal. Pago con tarjeta, siempre. Si alguien fue a la ventanilla a sacar efectivo, a ese pregúntele.
Y entonces se volvió hacia mí. No con odio. Con algo peor: con lástima.
—Pregúntale a tu hermana, Daniel. Pregúntale a tu cuñado. O mejor: pregúntale a la cajera del banco de la 26 si te acuerdas de quién iba a cambiar los cheques.
Mi hermana Rebeca. La que vive en El Paso desde hace ocho años. La que llama cada dos semanas a preguntar por mi madre, pero no ha venido ni una Navidad. La que un día me dijo: “No mandes a mamá a un asilo, nos da vergüenza con los vecinos”.
—No metas a mi hermana en esto —le advertí.
—Ya está metida —dijo Valeria—. Yo la vi el día que vine a recoger los análisis de tu madre al hospital. Estaba en el banco de enfrente. Tu hermana no me vio a mí. Pero yo la vi. Y vi a quién le entregaba el dinero.
El ventilador seguía girando. Se oyó un golpe en la puerta de la calle. Luego otro. Y una voz de mujer:
—¡Daniel! ¡Abre! ¡Es Rebeca!
Dejé la libreta sobre la cama y fui a abrir. Mi hermana entró como entra siempre: como si la casa fuera de ella y yo un inquilino que se ha tardado en pagar. Traía un maletín de trabajo y el pelo recogido con una diadema. Venía de El Paso en avión. Se enteró del sobre por una vecina, no sé cómo. En esta familia los mensajes viajan más rápido que la gente.
—¿Dónde está mamá? —preguntó.
Valeria salió del cuarto y se le plantó enfrente.
—Buenas noches, Rebeca.
—¿Qué haces aquí todavía? —le soltó mi hermana.
—Me estaba despidiendo de su mamá.
—Ya te puedes ir.
—Sí. Ya me voy.
Valeria tomó su maleta. La alzó sin esfuerzo. Se detuvo un instante junto a mí y me puso la libreta en las manos.
—Guárdala bien —me dijo—. Ahí está todo lo que necesitas para recordar quién hizo qué.
Y se fue. Cerró la puerta sin golpearla. Eso fue lo peor. Oí sus pasos en la escalera de afuera, y luego el arranque del coche, y luego nada.
Mi hermana ya estaba en el cuarto de mi madre. Oí que discutían. Después oí un portazo. Luego mi madre empezó a toser, y yo me quedé en el pasillo, con la libreta en las manos, sin saber a cuál de las dos atender.
Esa noche no dormí. Tampoco a la mañana siguiente, cuando llegó la trabajadora social. Se llamaba Karen, traía un tablero con hojas y una pluma colgada en un cordón. La dejé pasar. Mi madre la recibió con una sonrisa más ancha que la puerta. Eso me dio un miedo terrible. Mi madre no sonríe ni en las fotos del bautizo.
A las once de la mañana mi hermana y yo estábamos en la sala. Karen nos explicó el proceso: evaluación médica, papeleo, plazo de quince días para revisar opciones. Dijo que el centro tenía lista de espera, pero que el caso de doña Carmen era prioritario por su condición. Mientras hablaba, yo miraba por la ventana. La calle 26 estaba llena de coches, de lonas, de vendedores de elotes. Todo seguía igual, como si no hubiera pasado nada.
—¿Quién va a pagar el centro? —preguntó Rebeca.
—Con los recursos de su madre —dijo Karen.
—¿Y si ella no quiere?
—Es una decisión de la señora, no de ustedes.
Mi hermana se mordió el labio y me miró. Yo no le devolví la mirada.
El miércoles siguiente, mi madre me pidió que la llevara al banco en su silla de ruedas. No quiso que fuera Rebeca. Tardamos veinte minutos en la calle 26, porque la banqueta está llena de puestos. Yo empujaba la silla y la gente se nos quedaba viendo, como si fuéramos un desfile.
En el banco, mi madre pidió hablar con la gerente. Una mujer joven, con el pelo planchado y un traje azul marino, nos hizo pasar a una oficina. Allí mi madre firmó tres documentos. El primero, una revocación de poder. El segundo, la renovación de la cuenta a nombre de un fideicomiso. El tercero, una instrucción de pago para el centro de rehabilitación.
—Va a tener que nombrar un administrador —le dijo la gerente.
—Valeria —dijo mi madre.
Yo la miré sin creerlo.
—Pero si hoy no vino con nosotros —dijo la gerente.
—No importa. Le hablo hoy por teléfono. Ella me va a ayudar.
Salimos del banco. Empezaba a llover, esa lluvia de Chicago que no cae sino que se te mete por todas partes. Mi madre me pidió que la llevara por la calle de la panadería, la que da a los rieles del tren. Ahí venden unas conchas que a ella le gustan. Compró dos. Mientras las pagaba con un billete de veinte, me dijo:
—No me vas a volver a robar, Daniel. Ni tú ni tu hermana. Porque ya no hay cómo.
No respondí. Empujé la silla bajo la lluvia, con una concha en la mano, hasta la camioneta.
A la semana siguiente Valeria volvió a la casa. No a vivir. Vino a recoger sus plantas y su máquina de coser. Yo estaba en el porche, tomando café. Se detuvo un momento y me miró sin decir nada.
—Mi madre puso todo a nombre del fideicomiso —le dije.
—Lo sé. Me llamó.
—¿Y por eso viniste?
—No. Vine por la máquina de coser. Tu madre ya no cocina, así que no la necesita.
Se rió un poco. Yo también, sin saber por qué. Abrió la puerta de su coche y sacó una caja de cartón. De la caja sacó un folder.
—Toma —me lo extendió—. Es el estado de cuenta original. El que tu hermana buscó el martes en la casa, cuando no estaba tu madre. Dile que ya no lo busque, que lo tengo yo y que se lo voy a dar a Karen.
Tomé el folder. En la portada decía, con letra de banco: “Estado de cuenta”. Adentro estaban las copias del retiro de los cuarenta y siete mil dólares. Y en cada una de las transacciones, un nombre de cajera. La misma. Y en la línea de la firma, la caligrafía de mi hermana Rebeca, que es inconfundible porque la “R” la hace sin despegar la pluma, como un garabato de río.
—Dile también —añadió Valeria— que aquí hay cámaras. Y que la gerente ya las revisó.
Se metió al coche y bajó la ventanilla.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Volverás?
—No, Daniel. Yo ya cerré mi capítulo.
Arrancó. La seguí con la vista hasta la esquina. Luego entré a la casa. Mi madre estaba despierta, con la tele prendida en un canal de novelas. Me senté a su lado.
—¿Tú crees que el centro ese tiene ventana al jardín? —preguntó.
—No sé. Mañana lo vemos.
—Está bien —dijo—. Y tú pídele a Valeria que me traiga mis conchas el domingo.
—Ella ya no viene los domingos, mamá.
Mi madre apagó la tele. Se quedó viendo la pantalla oscura, donde se reflejaban las dos, una al lado de la otra, las dos quietas, las dos esperando algo que no llegaba.







