Marisol Contreras llevaba tres bolsas de Publix colgando de un brazo y las llaves en la otra mano cuando lo escuchó. Un maullido tan fino que al principio pensó que era el chillido de las llantas de algún carro dando reversa en el estacionamiento de la Calle Ocho, en Hialeah. Faltaban cinco minutos para las siete de la noche y el cielo todavía tenía ese color anaranjado que solo se ve en Miami en agosto, mezclado con el olor a aceite frito del Pollo Tropical de la esquina.
Metió las bolsas en la cajuela del Honda Civic, se subió, y ahí estaba otra vez el sonido. Más largo esta vez. Más desesperado.
—Marisol, tú tienes que llegar a hacer la cena —se dijo a sí misma, todavía con las manos en el volante—. Diego sale del turno a las ocho y media.
Pero apagó el motor de todos modos.
Ese era justamente el problema de Marisol: la curiosidad la mataba. Desde niña en Santurce, su abuela le decía que un día esa curiosidad le iba a meter en un lío del que no podría salir. Y ahora, a sus treinta y dos años, trabajando de asistente dental en una clínica de Westchester, seguía siendo la misma. No podía irse sin saber qué pasaba.
Caminó entre dos carros estacionados, se acercó a unos arbustos secos junto a un carrito de supermercado abandonado, y ahí lo vio: un gatito flaco, con el pelaje pegado por el sudor y la tierra, atrapado entre las raíces de un ficus. La miró fijo. Dejó de maullar por un segundo, como calculando si valía la pena confiar en ella. Y después soltó un maullido que a Marisol se le clavó en algún lugar del estómago, uno de esos sonidos que no se olvidan aunque uno quiera.
—Ay, no, no, no —dijo Marisol, agachándose—. Yo no vine aquí a buscar problemas.
El gatito le agarró el dedo con las dos patitas delanteras y no lo soltó.
Marisol pensó en tres razones perfectamente válidas para dejarlo ahí. Ella y Diego vivían en un apartamento de renta en el 305, cerca de Palmetto, y el dueño del edificio, un cubano de setenta años apellidado Aguilar, tenía una cláusula clarísima en el contrato: cero mascotas, multa de 500 dólares por incumplimiento, cláusula 14, la había leído tres veces antes de firmar. Segundo: nunca había tenido un gato en su vida, solo perros de niña, y le habían dicho mil veces que los gatos eran animales fríos, independientes, que no se apegaban a nadie. Y tercero, la más importante de todas: apenas un mes antes, sentados en el balcón comiendo pastelitos de guayaba que Diego había traído de una panadería en Hialeah, habían hablado de tener un bebé. No un gato. Un bebé. Diego había sacado hasta la calculadora del teléfono para ver cuánto necesitaban ahorrar.
—Diego quiere una niña —le había dicho ella a su comadre por teléfono esa misma semana—. Dice que primero niña, después varón.
Y ahora, con este bulto tembloroso agarrado a su dedo, ninguna de esas tres razones le pareció suficiente. Aunque tampoco le pareció fácil.
Veinte minutos después estaba estacionando frente a una clínica veterinaria de emergencia en la Calle 8, con el gatito envuelto en la chaqueta de mezclilla que siempre dejaba en el asiento trasero del carro.
—La doctora la va a atender enseguida —le dijo la recepcionista, una muchacha con las uñas pintadas de rosado neón que no dejaba de mirar al bultito que Marisol sostenía contra sí.
La veterinaria, una mujer de acento dominicano y manos firmes, revisó al animal con calma, le tocó las costillas, le abrió los párpados con dos dedos.
—Felicidades —dijo por fin—. Es hembra.
Marisol se quedó fría.
—¿Cómo que felicidades? Yo no la traje para quedarme con ella, doctora. Yo la encontré en un estacionamiento.
—Ah, mira. ¿Tú no sabías que los gatos de tres colores casi siempre son hembras? —dijo la doctora, ignorando por completo la protesta.
—No tenía idea. De gatos yo no sé nada. Solo que tienen mal carácter.
—Eso es mentira que le meten a la gente. Los gatos saben perfectamente a quién elegir. Y ojo: aquí no es uno el que elige al gato. Es al revés. Pero hay un problema.
—¿Qué problema?
La gatita tenía una infección leve y necesitaba tratamiento con antibiótico y gotas contra las pulgas por dos semanas. Ciento ochenta dólares, le dijo la recepcionista al final, y Marisol pagó con la tarjeta que compartía con Diego sin permitirse pensar en lo que él iba a decir cuando viera el cargo.
Compró una caja de arena, un comedero, dos bolsas de comida para gatitos y salió de ahí cargando todo eso como si llevara años haciéndolo. Le quedaba una sola cosa por resolver, la más complicada de todas: qué le iba a decir a Diego. Y qué iba a decir don Aguilar si se enteraba.
—¿Hembra? —Diego se quedó parado en la puerta del apartamento, mirando las bolsas de la tienda de mascotas que Marisol traía colgando, y no se rió. Se pasó la mano por la cara, ese gesto que hacía cuando estaba calculando números en su cabeza—. Marisol, tú sabes lo que dice el contrato. Doscientos, trescientos dólares es lo que perdemos de depósito si Aguilar se entera.
—Yo sé, Diego. Yo lo sé mejor que nadie, si lo he leído mil veces.
—Y nosotros estábamos ahorrando para… —no terminó la frase. No hacía falta.
—Yo sé lo que estábamos ahorrando —dijo Marisol, y se le quebró un poco la voz—. Pero iba a morirse ahí, Diego. Estaba atrapada entre las raíces de un árbol, llamando a quien fuera que la escuchara.
Diego se quedó mirando la caja de arena que Marisol todavía sostenía, después la miró a ella. Se pasó otra vez la mano por la cara.
—Dame unos días para pensar cómo hablo con Aguilar —dijo por fin, sin sonreír todavía—. Y unos días para acostumbrarme a la idea. No te prometo nada más que eso.
—¿Y el nombre? Ya le puse nombre.
—Dime.
—Perla.
Diego no dijo nada. Se acercó a la mesa donde Marisol había dejado a la gatita envuelta en una toalla, y se quedó mirándola un buen rato sin tocarla.
La conversación con don Aguilar llegó una semana después, un sábado en la mañana, cuando el viejo pasó a cobrar la renta en persona como hacía siempre, tocando la puerta con los nudillos y el sombrero de paja puesto aunque estuviera adentro del edificio.
—¿Y eso qué es? —preguntó, señalando con la barbilla hacia el pasillo, donde Perla se había sentado justo en el marco de la puerta como si supiera que ese era el peor momento posible para aparecer.
—Un gato, don Aguilar —dijo Diego, plantándose delante—. La encontramos herida. Ya la llevamos al veterinario, tiene todas sus vacunas, no va a dar problema.
—Usted sabe lo que dice el contrato.
—Sé lo que dice el contrato.
—Cláusula catorce. Cero mascotas.
—Don Aguilar —dijo Marisol, saliendo detrás de Diego con la voz más calmada que pudo encontrar—, nosotros llevamos tres años pagándole a tiempo, ni un solo día de atraso. Esta gata no hace ruido, no rasguña las paredes, y nosotros mismos le arreglamos cualquier cosa que dañe.
El viejo se quedó mirando a Perla, que en ese momento decidió sentarse sobre sus propias patas traseras y mirarlo fijo, sin moverse, como retándolo a que dijera algo más.
—Cincuenta dólares extra al mes —dijo por fin don Aguilar—. Depósito de mascota. Y como me entere de un rasguño en esa puerta, se va la gata o se van ustedes.
—Trato hecho —dijo Diego, antes de que Marisol pudiera abrir la boca, y le extendió la mano.
Don Aguilar se la estrechó, gruñó algo en español que sonó a protesta, y se fue por el pasillo murmurando que en su época la gente tenía perros, no gatos, que un perro por lo menos cuidaba la casa.
En dos semanas, Perla ya había tomado control total del apartamento, como si Marisol hubiera sido la que apareció tirada en un estacionamiento y ella la hubiera rescatado a ella.
Marisol descubrió, entre otras cosas, que un gatito de tres libras puede hacer más ruido a las tres de la mañana que un desfile completo por la Calle Ocho el 8 de marzo. Perla le robaba los recibos de CVS de la cartera y corría con ellos por todo el pasillo. Dormía encima de su almohada, empujándola hacia el borde de la cama noche tras noche. Se convirtió en jardinera autoproclamada de las matas de albahaca que Marisol tenía en la ventana de la cocina, y después de cada visita, la tierra terminaba misteriosamente esparcida por el piso de losa.
Un sábado, mientras Marisol preparaba croquetas de bacalao para la cena, Perla tumbó una maceta, se asustó, saltó a la mesa y de un manotazo mandó dos huevos al piso. De ahí saltó al mueble donde estaban las llaves del carro, el celular y unas monedas sueltas, y todo eso también terminó rodando. Marisol se quedó parada mirando el desastre, con la espátula todavía en la mano. Y en vez de gritar, se echó a reír hasta que le dolió el estómago.
El otro descubrimiento fue que Perla le "quitó" el marido. Diego, que la primera semana apenas la tocaba, empezó a sentarse en el sofá con las piernas cruzadas para que ella tuviera dónde acomodarse. Bastaba con que abriera la nevera para que Perla estuviera esperando junto a sus pies. Cuando Diego llegaba del turno de la fábrica de aire acondicionado donde trabajaba, cansado y con la camisa pegada a la espalda, Perla lo esperaba sentada frente a la puerta como si supiera exactamente a qué hora tocaba.
—Tú tienes una novia peluda —le decía Marisol, riéndose.
Y Diego, en vez de negarlo, empezó a traerle flores a Marisol sin ninguna razón especial. A ayudar más en la casa. A decirle, cada tanto, mientras Perla dormía enroscada entre los dos, que si el bebé se demoraba un poco más, tampoco pasaba nada.
Cinco años después, en la casa de dos cuartos en Kendall que por fin habían comprado con hipoteca, después de años ahorrando cada centavo extra —cada aumento de Diego en la fábrica, cada turno doble de Marisol en la clínica—, las mellizas de tres meses ya le jalaban la cola a Perla sin que ella se quejara ni una sola vez. Perla, adulta ya, seguía teniendo la misma energía del gatito flaco de tres libras: una tarde de sábado, Marisol la encontró con las cuatro patas metidas en un bote de pegamento para papel tapiz, tratando —según Diego, que se reía a carcajadas desde la puerta con una de las niñas en brazos— de "ayudar" con la remodelación del cuarto de las mellizas.
Fue en esa casa nueva donde pasó lo que Marisol nunca olvidó.
La vecina de al lado, una señora llamada Yolanda Reyes, viuda, de unos sesenta y cinco años, tocó la puerta una tarde de domingo con la cara roja de furia porque Perla había hecho de las suyas otra vez: se había colado por una rendija de la cerca, tumbó una repisa entera de macetas de orquídeas contra el piso del patio de Yolanda, y encima había dejado tres arañazos frescos en la puerta corrediza de cristal.
—Esas orquídeas las tenía desde que se murió mi esposo —dijo Yolanda, con los brazos cruzados y la voz temblando entre el enojo y algo más—. Diez años cuidándolas. Y voy a llamar al código de la ciudad, para que sepan que ustedes tienen un animal que no controlan.
—Yolanda, por favor, yo le pago las orquídeas, le arreglo el cristal, lo que sea —dijo Marisol, sintiendo que el estómago se le apretaba. Si el código de la ciudad venía, si ponían una queja formal, don Aguilar se iba a enterar de que había habido un problema, y la cláusula catorce todavía estaba ahí, viva, esperando una excusa.
—No es cuestión de dinero —dijo Yolanda, y por un segundo pareció que no había nada más que decir, que la puerta se iba a cerrar y el problema iba a crecer solo, como crecen esas cosas cuando nadie las para a tiempo.
Marisol no supo por qué lo hizo. Tal vez porque no le quedaba nada más que ofrecer. Empezó a contarle la historia completa: el estacionamiento de Hialeah, el maullido entre los arbustos secos, la doctora dominicana que le dijo "felicidades, es hembra", los doscientos dólares que no tenían, la cara de Diego calculando el depósito perdido, don Aguilar con su sombrero de paja y su cláusula catorce.
Yolanda la escuchó sin interrumpir, todavía con los brazos cruzados, todavía con la cara dura. Cuando Marisol terminó, se quedó callada un rato largo, mirando hacia el patio donde las macetas rotas seguían tiradas entre la tierra.
—Mi esposo quería un gato —dijo por fin Yolanda—. Yo nunca lo dejé. Decía que ensuciaban la casa. —Se limpió los ojos con el dorso de la mano, rápido, como si no quisiera que Marisol se diera cuenta—. Arréglame el cristal. Las orquídeas, olvídate, ya estaban viejas de todos modos.
—¿Y lo del código de la ciudad?
—Con esa historia yo no puedo estar brava contigo —dijo Yolanda, ya casi en la puerta de su propia casa—. Pero la próxima vez que se meta por esa cerca, se la mando de vuelta cargada en mis brazos.
Esa noche, después de acostar a las mellizas, Marisol salió al porche a arreglar la cerca con un pedazo de malla que Diego le había dejado listo. Perla se le enroscó entre los tobillos mientras trabajaba, después saltó a la baranda de madera y se quedó ahí, mirando hacia el patio de Yolanda con esa cara de inocencia que no le creía nadie.
—Tú no vas a aprender nunca —le dijo Marisol, y le rascó detrás de la oreja.
Diego salió con dos cervezas y le pasó una. Se sentaron los dos en los escalones del porche, Perla entre ambos, y desde la casa de al lado llegó, por primera vez en semanas, el sonido de la televisión de Yolanda con el volumen demasiado alto, como cualquier tarde de domingo normal.







