El Oso Gordo de Bakersfield

Trabajo en el turno de noche de la perrera municipal de Bakersfield, California. Doce años viendo entrar y salir animales por esa puerta de metal. Ya no me sorprende casi nada, pero lo de aquel martes de agosto me dejó con la boca abierta.

Hacía un calor de los mil demonios, de esos que derriten el asfalto del estacionamiento. Eran como las dos de la tarde y yo estaba terminando de llenar unos formularios cuando la escuché llegar. Una camioneta Ford Ranger roja, con la pintura ya gastada por el sol del Valle Central. Se estacionó torcida, ocupando dos espacios.

La mujer que bajó tendría unos cuarenta y pocos años. Llevaba el uniforme del hospital, pantalones azules y tenis blancos ya amarillentos. Venía directo de su turno de doce horas, se le notaba. Traía el desayuno a medio comer en la mano: una tortilla enrollada en papel de aluminio que brillaba con el sol.

—Vengo por el perro —dijo antes de saludar. Así, directo.

Ni un “buenas tardes”. Ni un “disculpe”. Solo esa urgencia que yo conozco bien. La gente llega así, con el estómago apretado y las palabras saliéndose solas.

La hice firmar los papeles. Nada de preguntas raras. En esa oficina aprendí que cada quien carga lo suyo y no me toca andar husmeando en vidas ajenas. Pero cuando el encargado abrió la jaula del fondo, me quedé parado junto a la pared sin poder irme.

El perro era un pastor alemán cruzado con quién sabe qué, flaco como una bicicleta, con el costillar marcándole el lomo. No ladró cuando la puerta se abrió. No movió la cola. Solo se quedó allí, sentado sobre el cemento, mirando al frente.

Y entonces lo vi.

Llevaba algo en la boca. Un peluche de oso, de esos baratos que venden en las gasolineras, color café ya deslavado, con una oreja mordida y la otra colgando de un hilo. Lo sostenía con una suavidad que no le cabía a un animal de ese tamaño. Como si fuera lo último que le quedaba en el mundo.

La mujer se agachó a su altura. No le habló de una vez. Se quedó un momento en cuclillas, con las manos colgando entre las rodillas, dejando que el perro la olfateara desde lejos. Tenía las uñas mordidas, me acuerdo. Eso se me quedó grabado.

—Vámonos, lindo —le dijo, y no lo llamó por ningún nombre. Todavía no tenía.

El perro se levantó sin soltar el oso. Caminó lento, con la cabeza baja, pegándose a la pierna de ella como si llevaran años juntos. No volteó ni una sola vez. Yo no sé por qué, pero me dio la impresión de que ese animal ya no creía en nadie.

Se fueron. La Ford Ranger arrancó soltando un golpe de humo gris. Yo me quedé un rato en la puerta, con los formularios olvidados sobre el mostrador.

La volví a ver un mes después, un sábado por la mañana. Entró a comprar una bolsa de croquetas para perro adulto y traía al pastor alemán sujeto con una correa roja. Ya no estaba tan flaco. Se le notaba el pecho más lleno, el pelo con brillo. Caminaba distinto, con el lomo derecho.

Lo más chistoso es que sí traía su oso. Lo llevaba en la boca, con la cabeza en alto, como quien carga una bandera.

—¿Sigue con el peluche? —le pregunté, más por hacer plática que por otra cosa.

La mujer se rió. Tenía una risa corta, medio cansada, de quien descansa poco.

—No lo suelta. Ya se lo he lavado tres veces y el oso se va desbaratando. El otro día se le salió el relleno por un costado y el perro se puso a llorar mientras yo se lo cosía.

Hizo una pausa y sobó la cabeza del perro como quien pasa la mano sobre una mesa vieja, sin pensarlo.

—No le pienso quitar ese oso —siguió—. Bastante le han quitado ya.

No me contó de dónde venía el animal. No le pregunté. La historia la fui armando solo, como se arman las cosas en los pueblos: con retazos. Que si lo traían de una casa donde lo dejaban amarrado y sin agua en el verano. Que si el oso fue lo único que tenía cuando lo encontraron en un lote baldío, junto a la carretera 99, flaco y asustado.

Pero algo me enteré de cierto. Esa mujer trabaja doce horas diarias en el turno de noche. Vive sola en un tráiler a las afueras de Wasco. Y aun así, me contó la vecina, cuando llega a las seis de la mañana, lo primero que hace es sacar al perro a caminar por el canal de riego antes de acostarse.

—¿Y el perro no llora cuando ella se va? —oí que le preguntaban en la veterinaria.

La mujer encogió los hombros.

—Se queda con la puerta abierta. Ya sabe que le toca esperar, pero sabe también que regreso.

Eso me lo dijo una tarde de octubre, en el estacionamiento del supermercado. Me crucé con ella y con el perro. Ya no le decía “lindo”. Ahora le decía Oso. Por el peluche, claro. El perro traía una pata vendada, un esguince por andar correteando liebres en el canal.

—Le quise dar un nombre de verdad, pero no hay caso —me explicó—. Él ya tenía nombre antes de mí. Los nombres no se imponen, se respetan.

Era un miércoles de mucho viento, de esos que levantan polvo amarillo y dejan la ropa tiesa. Nos despedimos con un gesto. El perro me miró de reojo, sin soltar su peluche.

Hace poco, la vi por última vez. Iba con Oso en la parte de atrás de la camioneta, sujeto con un arnés. El perro ya no cargaba el oso en la boca. Lo traía enterrado entre las mantas, junto a un hueso de carnaza y una pelota roja con la marca de los dientes.

Crucé la calle para no estorbarle el paso. Ella traía los lentes de sol puestos y una taza de café en la consola. Al verme, bajó la ventanilla y me dijo algo que me dejó quieto un buen rato:

—Ya no se despierta llorando en la noche. Ahora duerme pegado a mi lado, con el hocico sobre mi rodilla. A veces ronca.

Y se fue.

Yo seguí caminando por la banqueta rota, con el viento golpeándome la nuca. No me importó el calor. Solo pensé en ese perro flaco que meses atrás salió de la perrera con un oso deslavado entre los dientes, y en esa mujer de uñas mordidas que no le quitó lo único que lo mantenía entero.

Hay gente que arregla juguetes rotos. Y luego hay gente que se queda con el perro y con el oso, sin decir nada, hasta que el animal deja de temblar por las noches. Eso no se enseña en ningún lado. Se lleva adentro, como el peluche en la boca de un pastor alemán que por fin dejó de esperar lo peor.

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