Encierro entre garras: el sobrino vendió la casa del tío tres días antes de que todo se supiera

Trabajo de recepcionista en una veterinaria de East Los Ángeles desde hace nueve años, en la esquina de Whittier Boulevard, la que tiene el letrero de neón de una pata verde que parpadea cuando va a llover. Nada me sorprende ya: he visto iguanas en cajas de zapatos y perros que muerden al dueño más que al doctor. Pero lo de aquella tarde de octubre, con los mariachis del restaurante de al lado ensayando "Las Mañanitas" para un cumpleaños, no se me ha borrado.

Eran las cinco y algo cuando entró un hombre con chamarra de cuero que olía a nuevo, botas que no eran de trabajo, y un rottweiler negro atado con una correa que jaló hasta el mostrador como si le estorbara.

—O se lo quedan hoy mismo o lo amarro en la parada del autobús y que Dios reparta suerte —dijo, y soltó la correa sobre el mostrador con un golpe seco.

El perro no ladró. No forcejeó. Se sentó, quieto, y clavó los ojos en el hombre con una calma que a mí se me hizo más triste que cualquier aullido.

—¿Y el dueño? —pregunté, aunque ya me imaginaba la respuesta.

—Murió. Mi tío. Derrame, hospital, todo el paquete. El perro no me sirve. Tengo niños chicos en casa.

Marisol, la técnica veterinaria que trabajaba conmigo esa tarde, me lanzó una mirada de reojo desde la sala de rayos X. Yo seguí en lo mío.

—Que no lo quiera no le da derecho a tirarlo a la calle como colchón viejo —le dije, tratando de sonar profesional y no como lo que en realidad sentía.

—No me venga con sermones. Vengo del funeral, señora.

Mentía. Se le notaba: nadie que acaba de enterrar a un familiar huele a Drakkar Noir recién puesto ni trae el celular sonando cada dos minutos con notificaciones de Zillow. Eso lo vi yo misma, de reojo, cuando dejó el teléfono bocarriba sobre el mostrador.

—¿Cómo se llama el perro?

—Duque.

Al oír su nombre, el rottweiler levantó apenas las orejas.

—¿Tiene papeles, vacunas, algo?

—¿Papeles? Era un perro de patio, cuidaba la casa de mi tío en Boyle Heights. Se acabó la historia.

Salí del mostrador, me puse en cuclillas frente a Duque y le ofrecí la mano. Él la olfateó despacio y soltó un suspiro largo, de esos que le salen del pecho a un animal cansado. Traía un collar de cuero gastado, y de la argolla colgaba una placa de metal rayada. Decía: "Duque. Casa de Ramón Aguilar. Si se pierde, llamar al…" y un número de teléfono con clave de área de Los Ángeles.

—La historia se acaba cuando a alguien se le acaba la vergüenza —dije, poniéndome de pie—. Déjeme un número. Le aviso cuando encontremos dónde ponerlo.

—No hay dónde. Me voy de viaje.

—Entonces lléveselo de vuelta.

Movió la mano como espantando una mosca.

—Ándele, quédenselo.

Se dio la vuelta rápido, jaló la correa hacia atrás, pero Duque plantó las cuatro patas en el piso de linóleo y soltó un gruñido bajo. No hacia mí. Hacia él.

El hombre se puso pálido, masculló una grosería y soltó la correa como si quemara.

—Ni modo, quédenselo. De todos modos no va a durar mucho sin su dueño.

Salió y la campanita de la puerta sonó un rato después de que ya se había ido, como burlándose de él.

Esa noche no teníamos jaulas libres —dos perros recién operados ocupaban las únicas dos que había—, así que le tendí una cobija vieja en el cuarto de suministros, junto a las bolsas de comida Purina, y le puse agua y croquetas. Duque no tocó el plato. Se acostó frente a la puerta y apoyó el hocico sobre las patas.

—¿Estás enojado? —le pregunté, cerrando ya con la llave del local.

Ni se movió.

—¿O estás esperando a alguien?

Parpadeó y volvió a mirar la puerta, fijo, como si de verdad esperara que alguien entrara.

Esa madrugada llovió, de esa lluvia rara de octubre que en L.A. te hace pensar que el mundo se está por acabar aunque dure media hora. Llegué antes que nadie a abrir, como siempre, con mi café de la gasolinera de la esquina en una mano y las llaves en la otra, y el cuarto de suministros estaba vacío. La puerta había quedado entreabierta; seguro Marisol sacó la basura la noche anterior y no vio cuándo se escabulló.

—Lo que me faltaba —dije en voz baja, y salí a buscarlo por Whittier Boulevard, por el callejón de atrás donde están los botes de basura del taquería, hasta la parada de la línea 18 del Metro. Nada.

Volví a la clínica mojada y sin esperanzas, y ahí fue cuando Marisol me dijo que había llamado un número raro, de un tal Héctor, preguntando "si un rottweiler negro se había escapado de por ahí". Le devolví la llamada de inmediato.

Resultó ser el vecino de al lado de la casa del difunto, un señor de unos setenta años que regaba sus rosas todas las mañanas y conocía a Duque desde cachorro. Me contó que el perro había aparecido frente a la casa —cerrada ya, con un letrero de "For Sale" clavado en el jardín— sentado en el porche, exactamente donde el dueño solía tomar café. Héctor lo dejó entrar a su patio, le dio agua, y me pidió que fuera antes de que "el sobrino ese" volviera a hacer alguna tontería.

Fui en mi Honda Civic esa misma tarde, con la lluvia todavía cayendo despacio. Cuando Duque me vio bajar del carro, no corrió hacia mí; se quedó sentado, mirándome, como midiendo si valía la pena confiar otra vez. Me acerqué despacio y me senté en el escalón del porche, a su lado, sin tocarlo. Ahí Héctor me contó lo que después se volvería el centro de todo el asunto: que Ramón Aguilar, el dueño de la casa —viudo, sin hijos, ochenta y un años— tenía un testamento hecho hacía ocho años ante notario, dejando la propiedad de Boyle Heights a la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, donde había sido voluntario más de tres décadas, con la única condición de que "cuidaran del perro mientras viviera". El sobrino, un tal Alonso, nunca había visitado a su tío en los últimos diez años, y ya llevaba tres días negociando la venta de la casa con un comprador en efectivo, a espaldas de todos, usando un poder falso que decía haber "encontrado entre los papeles del difunto".

Héctor no acusaba a nadie sin pruebas; solo dijo, con la manguera de las rosas todavía goteando en su mano, que le parecía muy raro que Alonso apareciera de la nada justo cuando el viejo Ramón se puso mal, y que se fuera tan rápido de la funeraria "como si tuviera que estar en otro lado".

Yo llevé a Duque de vuelta a la clínica, lo até con una correa de repuesto que teníamos en la bodega, y guardé la placa de metal en un sobre, junto con el número de teléfono de Héctor, sin saber todavía para qué me iba a servir.

Tres días después, un lunes, apareció en la clínica una mujer del despacho de la parroquia —hermana Consuelo, con un suéter tejido a mano y un maletín de cuero gastado— preguntando si en el lugar habían recibido un rottweiler entregado por un hombre llamado Alonso Reyes. Le dije que sí, y ella soltó un suspiro de alivio que se le notó hasta en los hombros.

Me explicó que la parroquia, al enterarse por el propio Héctor de que la casa estaba en venta, había pedido al notario abrir el testamento antes de tiempo, adelantándose a lo que el sobrino planeaba. El comprador en efectivo, un inversionista que quería voltear la propiedad, se había echado para atrás en cuanto su abogado revisó los papeles y encontró que el poder que Alonso mostraba tenía la firma falsificada —el notario original, el mismo que redactó el testamento, reconoció que jamás había certificado ese documento.

La hermana Consuelo no vino a pedirme el perro con lástima ni con discursos. Vino con una carta del abogado de la parroquia y una copia certificada del testamento, y me pidió que le entregara a Duque junto con el sobre donde guardaba su placa y la correa vieja de cuero. Se lo entregué todo, sin más ceremonia que apuntar en la bitácora de la clínica: "Duque, entregado a la Parroquia Nuestra Señora de la Soledad, según instrucciones testamentarias de Ramón Aguilar. 14 de octubre."

Volví a saber de Alonso Reyes solo una vez, semanas después, cuando pasó frente a la clínica manejando una troca que ya no parecía tan nueva, con una carpeta amarilla en el asiento del copiloto que —me contó después Héctor, que lo vio de lejos— decía "Corte Superior del Condado de Los Ángeles" en el sello. Se estacionó un momento frente a la casa de su tío, ahora con un cartel que anunciaba las misas dominicales y una jardinera nueva junto a la entrada, y se quedó ahí, sin bajarse, mirando la puerta cerrada un buen rato.

No tocó. No entró. Arrancó la troca y se fue.

Yo, por mi parte, sigo viendo a Duque de vez en cuando: la hermana Consuelo lo trae a revisión cada seis meses, y ahora duerme en el patio de la rectoría, junto a las macetas de albahaca, esperando —igual que antes— a que alguien cruce la puerta. Solo que ahora sí espera a los que llegan.

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